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En 1954, la industria tabacalera entró en pánico. Los estudios vinculaban fumar con cáncer. Necesitaban ayuda urgente para manipular la ciencia y confundir al público.
¿A quién contrataron como asesor? A Robert Hockett, el primer director científico de la Fundación para la investigación del azúcar (Sugar Riséarch Foundation). En su carta de presentación, Hockett escribió textualmente: “Hace diez años formamos una organización similar para investigar acusaciones de que el azúcar causa infartos, diabetes, caries dental y obesidad. Organizamos proyectos de investigación que exoneraron al azúcar de la mayoría de los cargos. Sus problemas son tan similares que puedo hacer un buen trabajo para ustedes.”
La industria tabacalera lo contrató inmediatamente.
La industria del azúcar no copió el manual de la industria tabacalera. La industria del azúcar ESCRIBIÓ el manual. Y luego se lo vendió al tabaco.
Una dentista llamada Cristin Kearns pasó nueve años documentando exactamente cómo operaron. Encontró tres casos con evidencia forense irrefutable. En los siguientes minutos, conocerás esos tres casos, el modelo de cinco pasos que usaron, y las señales que dejaron en estudios que podrás leer esta semana.
La Investigación de Cristin Kearns
El Inicio: Un Congreso Dental en 2007
La doctora Cristin Kearns no planeaba convertirse en investigadora de corrupción científica. Era consultora de salud dental trabajando para Kaiser, una de las principales compañías de atención médica y planes de salud de Estados Unidos, gestionando clínicas dentales y buscando integración médico-dental para pacientes diabéticos tipo 2.
En 2007, asistió a un congreso dental. Le dieron un folleto de la Agencia Federal de salud pública (CDC), titulado: “Trabajando juntos para manejar la diabetes”, diseñado específicamente para dentistas. El consejo dietético decía: aumenta fibra, limita grasas saturadas y sal.
¿Qué faltaba? Nada sobre el azúcar.
Eso la sorprendió. Estaban en un congreso dental. La caries dental es la enfermedad crónica número uno en niños. No se puede negar el vínculo entre azúcar y caries dental.
Luego hubo un segundo orador principal: Steven Aldana. Repartió una guía de comida rápida y le dio luz verde al té dulce Lipton Brisk, que tiene 56 gramos de azúcar. Kearns lo persiguió antes de que saliera a tomar su vuelo y le preguntó directamente: “¿Cómo puedes darle luz verde a esta bebida?”.
Su respuesta: “No hay evidencia científica que vincule el azúcar con las enfermedades crónicas.”
Kearns se quedó sin palabras. Y el orador Aldana simplemente se dio la vuelta y salió por la puerta.
La Decisión: De Dentista a Investigadora
Kearns después del trabajo, empezó a buscar en línea sobre la industria azucarera. En el sitio web Sugar Association en 2007 encontró algo perturbador: se jactaban de que más de mil estudios habían disipado los vínculos entre el azúcar, la diabetes, la hipertensión, los problemas de comportamiento y la obesidad. Enumeraban informes gubernamentales que supuestamente habían exonerado al azúcar.
Kearns casi pensó: “¿Acaso aprendí algo mal en la escuela de odontología sobre los vínculos entre azúcar y enfermedad?”
Se deshizo de la televisión por cable. Pasó un año investigando después del trabajo. Y luego renunció a su empleo para hacerlo a tiempo completo.
Los Descubrimientos: Nueve Años Armando el Rompecabezas
De vuelta en Colorado, escribió “azúcar” en el catálogo de la Biblioteca Pública de Denver. Aparecieron registros de la Great Western Sugar Company—una compañía de azúcar de remolacha con sede en Denver que había cerrado en los años 70 y donado sus archivos a la biblioteca—. Aparentemente, los abogados examinaron estos documentos, pero algunas cajas sobre nutrición y políticas de nutrición se colaron. Abrió la caja y la primera carpeta que revisó tenía en el membrete de la Sugar Association en la parte superior: CONFIDENCIAL.
Eran principalmente fotografías con documentos textuales que daban contexto. Y entre estas fotografías encontró algo devastador: una foto de J. W. Tatem, presidente de la Sugar Association, aceptando el premio Silver Anvil en 1976—el Oscar de las relaciones públicas—otorgado por su campaña para influir en el informe de la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos) sobre la seguridad del azúcar.
En 2012, publicó un artículo con Gary Taubes en la revista Mother Jones documentando esta campaña de relaciones públicas.
Usó ese artículo para contactar a la Universidad de California en San Francisco. Stan Glantz—pionero en el estudio de documentos de la industria tabacalera—la invitó a dar una charla. Eso la llevó a una beca en la Universidad de California.
Gary Taubes la ayudó a financiar viajes por el país. Viajó a múltiples universidades fotocopiando documentos. En los archivos de Harvard encontró la correspondencia entre la industria azucarera y los científicos de Harvard. Cartas con firmas. Contratos con cantidades. Instrucciones palabra por palabra de lo que querían que los científicos dijeran.
Pasó cinco años verificando cada documento, rastreando cada referencia, confirmando cada nombre. Tuvo cuatro colecciones principales: la Colorado State, Universidad de Florida, Universidad de Illinois, y Harvard.
En 2016, publicó en JAMA Internal Medicine —una de las revistas médicas más respetadas del mundo.
Pero lo que Kearns descubrió no fue un caso aislado de corrupción científica. Fueron tres patrones sistemáticos operando simultáneamente durante décadas. Tres categorías diferentes. Tres áreas de investigación distintas. Pero todas con el mismo objetivo: manufacturar consenso científico falso.
Y la evidencia es forense—tan sólida como huellas digitales en una escena del crimen.
Los Tres Casos Documentados
Caso 1: Caries Dental – Desviar la Investigación (1950-1970s)
En 1950, la Fundación para investigación del azúcar publicó en su informe anual que el objetivo final de la fundación era “descubrir medios efectivos para controlar la caries dental mediante métodos distintos a restringir la ingesta de carbohidratos.”
Escucha eso otra vez: “métodos distintos a restringir carbohidratos.”
No querían prevenir caries. Querían prevenirlas sin que la gente redujera el azúcar.
Entonces financiaron la investigación de enzimas dextranasas, enzimas que descompondrían la placa dentobacteriana. La idea era agregarlas a pasta dental o a los alimentos mismos. Podrías comer tanto azúcar como quisieras; si no tuvieras placa, no tendrías caries.
También invirtieron en una vacuna contra la caries dental. Esto nunca funcionará porque no es solo una bacteria la que causa caries—es toda una comunidad de bacterias—. Pero invirtieron fuertemente en esto.
¿Por qué? Porque desviaba atención de la intervención dietética de reducir el azúcar.
Pero el hallazgo más devastador de Kearns en este caso, no fue la investigación que financiaron. Fue cómo influenciaron las prioridades de investigación del gobierno.
En la década de 1970, los Institutos Nacionales de Salud anunciaron el Programa Nacional de Caries. El New York Times escribió que iban a “detener la caries dental en una década.”
Kearns encontró que la industria azucarera cultivó relaciones con líderes del (Instituto Nacional de Salud) y les envió un informe con sus prioridades de investigación recomendadas.
Entonces comparó los dos documentos: el informe de la industria azucarera y las prioridades finales de investigación publicadas por el Instituto Nacional de Salud.
El 78% del informe de la industria azucarera fue incorporado a las prioridades oficiales de investigación del Instituto.
Toda la investigación de intervención dietética fue minimizada. Y este es un período crítico porque ese informe de la FDA de 1976, —que sí reconoció un vínculo entre azúcar y caries dental— podría haber informado restricciones de publicidad.
En los años 70, la Comisión Federal de Comercio estaba tratando de limitar la publicidad de cereales azucarados para niños. La razón principal de salud era la caries dental. Pero necesitaban alguna forma objetiva de determinar qué cereal causa caries y cuál no.
Esa es la investigación que el Instituto Nacional de Salud podría haber hecho. Pero fue minimizada por este programa nacional de caries influenciado por la industria.
Mientras manipulaban la investigación de caries dental para evitar restricciones de publicidad, simultáneamente atacaban el vínculo entre azúcar y enfermedad cardíaca. Y aquí es donde compraron científicos de Harvard.
Caso 2: Proyecto 226 – Comprar Científicos de Harvard (1965-1967)
Para entender por qué la industria azucarera decidió comprar científicos de Harvard, necesitas el contexto de mediados de los años 60.
Desde los años 50, el nutricionista británico John Yudkin había estado vinculando el consumo de azúcar con enfermedad cardíaca. No era consenso todavía, pero la evidencia comenzaba a acumularse.
John Hickson, vicepresidente de la Sugar Riséarch Foundation, comenzó a rastrear estudios entre 1960 y 1964. Investigó qué “laboratorios de mayor o menor reputación” estaban fluyendo informes de que el azúcar era “una fuente dietética de calorías menos deseable que otros carbohidratos”.
Pero la industria no actuó hasta 1965, cuando hubo un aumento en la atención de los medios.
El New York Herald Tribune publicó un reportaje de dos páginas sobre estudios en Annals of Internal Médicine que sugerían: “Podría ser el azúcar que comes, en lugar de o además del tipo de grasa en tu dieta, lo que aumenta tu riesgo de ataque cardíaco”.
Y eso puso muy nerviosa a la industria azucarera.
Entonces diseñaron el Proyecto 226. Identificaron a tres científicos del Departamento de Nutrición de Harvard:
D. Mark Hegsted: Nutricionista prestigioso que después trabajaría en el Departamento de Agricultura creando las primeras guías dietéticas oficiales de Estados Unidos.
Robert McGandy: Co-investigador, menos conocido públicamente.
Frederick Stare: El más poderoso. Fundador del Departamento de Nutrición de Harvard.
Y les pagaron 6,500 dólares en 1967. Esa cantidad, ajustada por inflación, equivale a unos 48,900 dólares actuales.
Los documentos que Kearns encontró en Harvard son devastadores. Son las cartas con firmas. Los contratos con cantidades. Las instrucciones palabra por palabra.
En una carta de julio de 1965, John Hickson escribió a los científicos de Harvard: “Deseamos establecer que el azúcar es un alimento seguro.”
Escucha esa palabra: “establecer”. No “investigar si es seguro”. ESTABLECER. Es lenguaje de manufactura de consenso, no de descubrimiento científico.
En otro documento de 1965, Hickson escribió textualmente: “Entonces podremos publicar los datos y refutar a nuestros detractores.”
No dice “investigar objetivamente”. Dice “refutar”. Ya sabía la conclusión antes de hacer la investigación.
Y en correspondencia con los científicos, D. Mark Hegsted respondió: “Estamos bien conscientes de su interés particular y lo cubriremos tan bien como podamos.”
Hegsted admite abiertamente que sabe qué quiere la industria del azúcar. Y promete entregárselo.
En agosto de 1967, publicaron en el New England Journal of Medicine—la revista médica más prestigiosa del mundo—una revisión titulada: “Grasas Alimentarias, Carbohidratos y Enfermedad Vascular Aterosclerótica.”
El contenido es una obra maestra de manipulación metodológica. Revisaron selectivamente la literatura científica. De los estudios que vinculaban azúcar con enfermedad cardíaca, minimizaron siete usando lenguaje técnico. De los estudios que vinculaban grasas saturadas con enfermedad cardíaca, enfatizaron cada uno desproporcionadamente.
Omitieron completamente los estudios del nutricionista John Yudkin de Inglaterra, recuerdas, quien vinculaba el consumo de azúcar con enfermedades cardíacas.
Y concluyeron: “Reducir el colesterol mediante la reducción de grasas saturadas es la intervención dietética más efectiva para prevenir enfermedad cardíaca.”
Azúcar ni siquiera aparece en las recomendaciones finales.
Y aquí está un detalle importante: en 1967, las revistas médicas no requerían que los autores divulgaran conflictos de interés o fuentes de financiamiento. La publicación no menciona en ninguna parte que la Fundación para investigación del azúcar pagó por el trabajo.
Para cualquiera que leyera el estudio, le parecería ciencia independiente de Harvard publicada en la revista médica más confiable del mundo.
En 1977, diez años después, el gobierno de Estados Unidos emite sus primeras Guías Dietéticas oficiales. La recomendación central: reducir grasas saturadas.
¿Quién ayudó a crear esas guías? D. Mark Hegsted. Uno de los tres científicos que la industria había pagado en 1967.
Durante los años 80 y 90, productos “bajos en grasa” inundan los supermercados. Yogures, aderezos, galletas, quesos, cremas, sopas, margarinas, postres, bebidas de todo tipo, productos que ni te imaginas que tengan azúcar. Todos etiquetados como “saludables”, porque son bajos en grasa.
¿El problema? Para que los alimentos bajos en grasa tengan buen sabor, las compañías añaden azúcar, masivamente.
Así tenemos cambios evidentes en las estadísticas:
Obesidad en Estados Unidos:
- 1960: 13% de adultos
- 1980 (inicio de guías “bajo en grasas”): 15%
- 2000: 31%
- 2023: 42%
Diabetes tipo 2:
- 1980: 5.6 millones de estadounidenses
- 2023: 37.3 millones
Eso es un aumento del 566% en diabetes del tipo 2.
Pero el caso más devastador no es lo que la industria publicó mediante científicos pagados. Es lo que ocultaron cuando sus propios estudios mostraron resultados que los perjudicaban.
Caso 3: Proyecto 259 – Ocultación Activa de Evidencia (años 60)
Después de pagar a los científicos de Harvard para publicar la revisión que minimizaba el vínculo entre azúcar y enfermedad cardíaca, diabetes y caries dental, la industria azucarera hizo algo curioso: financió sus propios estudios en animales.
Esto es curioso porque en esa misma revisión de Harvard, los autores descartaron los estudios en animales como irrelevantes para tomar decisiones de política pública para humanos.
Pero luego la industria gastó dinero en estudios muy caros con ratas.
Kearns encontró los documentos del Proyecto 259: “Efecto de la carga de carbohidratos dietéticos en el nivel de lípidos en sangre en ratas libres de gérmenes.”
En ese entonces, la tecnología para estudiar ratas sin microbioma intestinal acababa de ser desarrollada. Eran estudios extremadamente caros y complicados. Pero la industria azucarera estaba muy interesada.
Querían alimentar a las ratas con alta sacarosa versus alto almidón. Hacerlo con ratas que tenían un microbioma intestinal normal y hacerlo con ratas que no tenían bacterias. Comparar para ver si había una diferencia.
¿Qué encontraron?
En esencia, se demostraron a sí mismos que existía un mecanismo biológico plausible para explicar el vínculo entre el consumo de azúcar y los triglicéridos elevados. A pesar de que acababan de pagar a los científicos de Harvard para afirmar que los triglicéridos no eran un biomarcador relevante y que no había un mecanismo que merecía ser considerardo.
Y luego hubo un hallazgo incidental. Simplemente estaban midiendo todo tipo de cosas en estas ratas. Miraron la orina y encontraron que había una diferencia en la beta glucuronidasa entre las ratas alimentadas con alto almidón y las ratas alimentadas con alto azúcar.
Entre ellos, la industria estaba escribiendo: “Oh, encontramos este biomarcador de cáncer de vejiga relacionado con una dieta alta en azúcar.”
Este fue un estudio de dos años que no se completó al 100%. El investigador principal, Walter Pover, estaba actualizando a la industria azucarera periódicamente. Les escribió diciendo que estaba muy cerca, que solo necesitaba unas 16 semanas más y quería extender su financiación.
La industria azucarera lo consideró. Clasificaron los proyectos de Walter Pover como de “valor nulo” para la industria azucarera. No le dieron esa financiación extra. Y sus resultados nunca se publicaron, al contrario se ocultaron.
Aquí quiero compartir mi experiencia. En 1987, cuando ingresé a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, varios compañeros y yo estábamos con cierto temor porque nuestro inglés no era muy bueno. Un catedrático se dio cuenta y nos dijo: “Aquí no importa que no sepan hablar o pronunciar correctamente el inglés, lo que se necesita es que lo sepan leer, porque van a realizar lecturas de revistas de prestigiosas universidades, donde todos nos documentamos porque ahí se publican los últimos avances e investigación en ciencia médica.”
Ahora que recuerdo esas indicaciones, me doy cuenta de que mucha información que recogíamos no era veraz, estaba manipulada. Muchos médicos que dieron por cierta esa información atendieron la consulta prescribiendo y recomendando protocolos que no iban a resolver los padecimientos de muchos de sus pacientes.
No era falta de educación o inteligencia. El sistema fue diseñado específicamente para que personas inteligentes y educadas creyeran. Porque usaban el prestigio institucional de universidades como Harvard y revistas médicas prestigiosas, de “expertos” con credenciales impecables.
Tres patrones. Tres décadas. Tres estrategias completamente diferentes.
Desviar la investigación hacia soluciones que no requieren reducir azúcar. Comprar científicos de instituciones prestigiosas para publicar revisiones sesgadas. Ocultar activamente resultados de sus propios estudios cuando muestran daño.
Pero aquí está lo incómodo que nadie quiere decir: tú compraste productos “bajos en grasa” durante años. Confiaste en las guías dietéticas. Evitaste mantequilla pensando que estabas siendo saludable. Comiste margarina cargada de azúcar. Recomendaste dietas a familiares.
No eres solo víctima del sistema—fuiste distribuidor involuntario de la mentira.
Y esto no es para culparte. No. Es para que comprendas cómo funciona la manipulación perfecta: te convierte en su vocero. Te hace creer que estás tomando decisiones informadas mientras repites exactamente lo que la industria pagó para que creyeras.
No es conspiración aislada. Es función sistemática del Sistema Esclavizante del Potencial Humano. Y opera en nutrición, medicina, tecnología, política, educación, clima.
Cada vez que repites un “consenso” sin verificar las fuentes, cada vez que confías en una institución prestigiosa sin cuestionar quién la financia, estás siendo parte del mecanismo.
Los 5 Pasos del Modelo
Ahora que sabes cómo operaron los tres casos, puedes extraer el Manual de Operaciones replicable:
Paso 1: Identificar amenaza científica emergente
Estudios independientes empiezan a señalar daño de un producto. En el caso del azúcar: John Yudkin de Inglaterra vinculando azúcar con enfermedad cardíaca, estudios sobre triglicéridos, investigación sobre caries que sugería restricción de azúcar.
Paso 2: Financiar contra-investigación estratégica
Pagar científicos prestigiosos de instituciones de máxima autoridad para producir estudios que contradicen evidencia emergente o que desvían hacia soluciones no dietéticas.
Paso 3: Publicar en revistas de máximo prestigio
Usar la credibilidad institucional para dar autoridad a ciencia comprada. En el caso azúcar: New England Journal of Medicine. El prestigio de la revista “valida” las conclusiones falsas.
Paso 4: Crear “controversia científica” artificial
Sembrar duda pública aunque exista consenso real entre científicos independientes. Frase clave que se repite: “hace falta investigación”. En el caso del azúcar: crear percepción de “debate” entre azúcar versus grasas para enfermedades cardíacas.
Paso 5: Influenciar política pública usando “controversia”
Usar “falta de consenso” manufacturada para prevenir o retrasar la regulación. Cabildeo a legisladores citando estudios comprados como “evidencia”. En el caso del azúcar: Guías dietéticas de 1977 basadas en la revisión de Harvard, evitar restricciones a la publicidad de cereales azucarados usando la investigación desviada.
Este diagrama de cinco pasos es el manual de operaciones. Y no quedó en el azúcar. Las industrias del Tabaco, farmacéutica, petróleo, asbesto, tecnología—todos han usado variaciones del mismo modelo—.
Las 3 Señales de Alerta
Necesitas herramientas prácticas para detectar cuándo este modelo está operando en contenido que consumes hoy.
Señal 1: Estudios Financiados por la Industria Contradicen Estudios Independientes Consistentemente
Un metaanálisis publicado en PLOS Medicine, una importante revista científica, en 2007 examinó investigaciones nutricionales.
Hallazgo: el 83% de estudios financiados por la industria alimentaria llegan a conclusiones favorables al financiador.
Estudios independientes sobre el mismo tema: 0% favorables a la industria.
83% versus 0%. No es sesgo pequeño. Es función sistemática del financiamiento.
Acción práctica: Cuando veas un estudio que suena “demasiado bueno para ser verdad” para la industria que lo financia, automáticamente desconfía. Busca estudios independientes sobre el mismo tema. Pregunta siempre: ¿Quién financió esto?
Señal 2: “hace falta investigación” Se Repite Durante Décadas
La industria tabacalera usó esta frase desde los años 50 hasta los años 90. Cuarenta años de “más investigación”. Mientras tanto, el consenso entre investigadores independientes era claro desde los años 50: fumar causa cáncer.
La Asociación del Azúcar aún en 2023 usa lenguaje de “hace falta investigación” sobre vínculo azúcar-obesidad, a pesar de cientos de estudios robustos.
Acción práctica: Cuando escuchas “hace falta investigación”, busca un metaanálisis o revisiones sistemáticas. Si ya existen y son claros, no hay “controversia real”. Es controversia manufacturada para retrasar la regulación.
Señal 3: Enfoque en Responsabilidad Individual Mientras se Evita Regulación Industrial
En 2015, documentos internos filtrados mostraron que Coca-Cola financió iniciativas enfocadas exclusivamente en la actividad física. La estrategia explícita en documentos: “desviar atención del azúcar hacia la inactividad física”.
No es que el ejercicio no sea importante, sí lo es. Es que el enfoque exclusivo en la “responsabilidad personal” previene la conversación sobre la regulación de la industria.
Acción práctica: Cuando veas campañas de “salud pública” enfocadas exclusivamente en el cambio individual, pregúntate: ¿Quién la financia? ¿Qué regulación están evitando? ¿Por qué no mencionan el producto específico que causa el problema?
Reflexión Final
En 1954, la industria azucarera le enseñó a la industria tabacalera cómo manipular la ciencia. Durante las siguientes tres décadas, perfeccionaron el modelo: desviar la investigación, comprar científicos, ocultar resultados dañinos.
Los documentos que la doctora Cristin Kearns encontró—después de nueve años de investigación metódica—no son solo historia. Son el manual de operaciones que sigue usándose hoy, esta semana, en estudios que leerás, en expertos que verás en televisión, en productos que comprarás.
Las tres señales que te dí no te hacen inmune a la manipulación. Pero sí te dan lenguaje para nombrar lo que intuyes. Y cuando reconoces el patrón operando, puedes elegir conscientemente si confías en esa información o buscas alternativas.
Pero la pregunta que los documentos del azúcar te obligan a hacerte no es “¿me mintieron?”—eso ya lo sabes. La pregunta real es: ¿cuántas de tus creencias actuales sobre salud, alimentos, política, tecnología, clima, fueron manufacturadas del mismo modo? ¿Y estás dispuesto a verificar cada una, aunque eso signifique descubrir que estuviste equivocado durante años?
No es una pregunta fácil. Requiere humildad intelectual. Requiere aceptar que fuiste cómplice involuntario de tu propia desinformación. Requiere dudar de instituciones que toda tu vida consideraste confiables.
Pero es la única pregunta que importa. Porque mientras no preguntes, el sistema funciona perfectamente. Cuando empiezas a verificar, empiezas a despertar. Y ese despertar no tiene vuelta atrás.
En los comentarios, comparte una experiencia específica: un momento donde reconociste una de las señales operando en tu vida. ¿Qué estudio te pareció sospechoso? ¿Qué producto “saludable” compraste basado en ciencia que ahora cuestionas? ¿Qué creencia defendiste durante años que ahora verificaste y descubriste que era falsa?
Si este video te dio las herramientas que necesitabas, compártelo. Porque nombrar la manipulación ya es resistencia. Verificar las fuentes es acto de inteligencia social. Cuestionar el consenso manufacturado es recuperar autonomía.
Y eso no requiere heroísmo. Solo requiere método. Y ahora lo tienes.